sábado, 18 de fevereiro de 2012

¿Qué caballos son esos que hacen sombra en el mar?, de António Lobo Antunes, por Juan Mal-Herido

Nunca he podido acabar una novela de António Lobo Antunes: se pasa de genial. Es todo tan jodidamente genial que da pudor pasar páginas, quedarse alelado, sufrir con algo que, al cabo, no es otra cosa que tinta sobre un papel. Que Carlos Boyero lea a Lobo Antunes no se lo cree ni él.

No me cabe duda de que ¿Qué caballos…? es una obra menor de António con tilde en la O. A fin de cuentas, me la he leído entera; es más (y esto es toda la crítica literaria que hace falta): me ha maravillado.
El resto es tap-dancing, amores. Voy.
Nada me cuesta más de pillar en una novela que el argumento, las madres, los hijos, los nietos, el pasado y la herencia, ese perro, ese sobresalto o ese tren al que se tiran las infieles: no lo pillo. Por eso estoy siempre a favor de las novelas cuyo argumento no va a pillar nadie. Eso es democracia, todos idiotas.
¿…son esos que…? hay que leerlo sin enterarse: luego un tesinando o un profe de universidad nos dirá algún día de qué coño va el libro y quién habla a cada rato. A mí me importa un huevo. Esto se lee como cuando se cae en un país exótico, donde las cosas no se entienden y por ello se disfrutan. Leer con cuidadito los libros, los libro raros, es como ir aTailandia con una guía, que te lo vas sabiendo todo y cuando salen las putas de las esquinas no las identificas.
Lo de ¿…hacen sombra…? es lirismo, lirismos, lírica, poesía; punto. Hay quien lee lírico y lo flipa en putos colores; y hay quien es gilipollas. El gilipollas a lo lírico siempre lo tacha de cursi. Simplemente, no tiene ni puta idea en el paladar.
Lo lírico apoya las palabras en las cosas por conveniencia, porque las cosas no son más que el lastre sausseriano del idioma, un detritus. Lo lírico conjura la materia y la deforma en lo imposible: habla de cosas que no existen. Esto parece una paja mental que me hago, pero vean cómo las gotas de lluvia sobre el cristal, vistas en tantas vidas de otoño y en tantas películas de mierda, no son gotas sobre un cristal, sino esa cosa llamada literatura, reinventadas en esta novela por este señor: “se notaban las gotas que añadían cristal al cristal deformando los rosales a medida que caían, las ramas primero finas, después gruesas, después finas de nuevo”. Esto es escribir y esto es crear. Añadir cristal al cristal  es absolutamente poesía. Sólo esas cuatro palabras dejan en retraso mental cientos de poemarios. Y ¿…en el mar? viene atiborrado de hallazgos como ese, de visiones del mundo, de las cosas, que dejan atrás las cosas para hacer un mundo propio, el literario.
Esto no lo puede entender la gente porque somos unos pocos los que sabemos leer. Es unapena, pero es lo que hay.
Luego - aparte de la compleja relación de narradores que encontramos en el libro- hay que considerar por qué Lobo Antunes no va a ser un autor en la historia. Su narrativa no deja de ser un efervescente epílogo del siglo XX, con Faulkner, Bernhard y Beckett como dioses tutelares. Como dice mi maestro, estamos en el siglo de la síntesis, y ahí su compatriota Tavares le lleva una ventaja estructural. Tavares es siglo XXI; Antunes es coletazo.
Pero con frases como la que voy a dejar para cierre del post, Antunes es mi dios instantáneo:
iba a escribir ternura y me he retenido, qué peligroso despertar palabras cuyo temperamento ignoramos
en Lector Mal-herido Inc
09.02.2012

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